Interés General


Plebiscito CitadiNo

Plebiscito CitadiNo

Hace pocos días leía el texto de la autora Janne teller titulado Guerra ¿y si te pasara ti?, en este corto relato la autora nos expone ante un escenario hipotético. En su primera edición, imaginó que los países nórdicos entraban en guerra y muchos de los ciudadanos daneses se convertían en refugiados; una idea traída de los caballos para los daneses escandinavos que no se imaginarían ni en lo más remoto esta situación. En su segunda edición, extrapoló este ejemplo imaginario a nuestro país. Recreó un escenario en donde la guerra se surtía en Bogotá, debido a que la región sur y occidental se rebela ante un gobierno autocrático que se consolida en la capital; Y nos expone a los citadinos –me incluyo- en medio de un fuego cruzado, en donde somos objetos de las balas, granadas y morteros que caen en la ciudad. Mientras que en el campo todo parece estar en una tensa calma.

no colombia
Foto: LibreRed
 
Evidentemente, las experiencias del conflicto armado de quienes lo padecieron en carne propia distan mucho de quienes habitamos en las ciudades o lejos de las zonas de combate. Los que vivimos en las ciudades asumimos que habitamos en una esfera en donde nunca nada va a suceder con una total indiferencia hacia las zonas donde las balas dibujan la muerte en las paredes de bareque. Jan teller nos saca de este lugar cómodo, de nuestro sitio confort para ubicarnos en la guerra: qué pasaría si la guerra llegara a tu ciudad ¿adónde irías? Nos sumerge de un sopetón, sin paliativo alguno, en el campo de guerra; con tu madre enferma, tu hermana herida de esquirlas de granada y tu padre exponiendo su vida para conseguir una hogaza de pan.
 
Y me pregunto si quizás nos faltó leer este pequeño texto el domingo pasado. Al observar los resultados electorales es increíble ver como los municipios más afligidos por la violencia votaron por el Sí en el plebiscito, es decir, que en los territorios en donde se vivió el fenómeno de la violencia en carne propia, estaban dispuestos a perdonar y a iniciar la construcción de un país en paz. Mientras que en las grandes ciudades, el No obtuvo una mayor votación, extrañamente en donde vivimos todos aquellos que no hemos sentido el fragor de la guerra. Simplemente para ver algunas cifras, en Bojayá el Sí obtuvo un 96%, en Caloto fue 72.9% y en Miraflores el 85%; mientras que en ciudades como en Medellín el No obtuvo un resultado del 62.97%, en Bucaramanga obtuvo el 55.11% y en Neiva el 54.44%.

pazFoto: Colprensa

Las conclusiones no son difíciles de extraer, la población citadina miro con total indiferencia las miles de víctimas que ha dejado el conflicto en las zonas rurales, y el razonamiento fue claro: como no me ha tocado a mí, esto no me atañe. Es probablemente éste un argumento para que el domingo pasado haya reinado el abstencionismo. Nos creemos un país nórdico en donde concebir la idea de un conflicto tan sangriento como este es tan ajena como la idea de vivir en Marte, como si Colombia fuera únicamente Bogotá, Medellín o alguna otra ciudad medianamente grande, sin zonas rurales, sin campesinos, sin víctimas, solo gente en las ciudades sonrientes conduciendo su auto hacia el trabajo.

Quisiera que algunos que el domingo pasado votaron por el No, hubieran leído este pequeño texto y se hubieran puesto justo en la posición en donde la guerra nos toca a nosotros que vivimos en las ciudades, experimentar la zozobra de un conflicto, de la muerte, del hambre y del desplazamiento. Una especie de desterritorialización que nos avocara a una situación de guerra en donde viéramos morir a nuestros seres queridos. Como dice Janne Teller una invitación a adentrarnos en la vida de los otros, a asumir la responsabilidad que todos tenemos sobre lo que nunca debería ser nuestro destino. Sin embargo, en esta ocasión no tuvimos los cojones de asumir esta responsabilidad, no pudimos pensar, tan siquiera un segundo, en aquellos que sufrieron la guerra; quizás falto que la guerra afectara las ciudades para adquirir conciencia del destino que nunca quisiéramos para nuestras generaciones venideras.

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Plebiscito: Miedos y Razones

Plebiscito: Miedos y Razones

En los próximos meses seremos convocados a las urnas para refrendar el acuerdo de paz que se firme en La Habana. De esta forma, el pueblo colombiano expresará si está o no de acuerdo con la implementación de lo pactado en los cinco puntos que se plantearon en la agenda inicial. Más allá de votar por el sí o por el no, este acto implicará un proceso reflexivo e introspectivo de cada uno de los votantes.

Quisiera invitar a los lectores a interpelarse sobre las razones de su voto, a mirarnos frente al espejo y realizarnos preguntas incomodas que quizás no estaríamos dispuestos a responder. Probablemente el espejo este roto y agrietado por los resentimientos que nos abarcan, por las desilusiones y por las tristezas. La encomiable tarea de recomponer los fragmentos de éste no es para nada fácil. Implica dejar el miedo atrás para no sucumbir ante la zozobra o incertidumbre de los tiempos venideros de despojarnos de nuestros dolores y aflicciones.

La esperanza será el motor para restaurar el espejo ante el cual nos miramos, es el aliciente para forjar un mejor futuro, para que una vez privados de nuestros temores, estiremos nuestra mano para perdonar, para mostrar nuestra solidaridad frente a las víctimas, por la voluntad para construir un país resiliente y con las herramientas para superar las inequidades sociales que nos afligen. De (re)pensar un nuevo país en donde todos seamos colombianos, sin distingo alguno, de si es guerrillero o paramilitar; simple y llanamente, somos colombianos, restaurando el tejido social que ha sido roto por cincuenta años de conflicto armado.

Esto acarrea asumir un cambio en nuestras mentalidades, dejar de vernos como una novela de buenos y malos, de héroes y villanos, de polarizaciones absurdas que reavivan rencores y animadversiones. Por una sociedad, educada, tolerante, solidaria y bajo el respeto de la diferencia. Eliminando los estereotipos con los cuales solemos definir a los demás, procurando que en nuestro espejo personal quepan tantas visiones como sea posible, si es del caso dibujar un mosaico, con cada una de las perspectivas, y nuestro reto, será amalgamar cada una de ellas con nuestro yo, con nuestras experiencias y juicios internos.

 
Seguramente, el voto requerirá un conocimiento de cada uno de los puntos acordados, de sus implicaciones sustanciales dentro de la realidad del país; esto conlleva un esfuerzo fuerte de pedagogía por parte del Estado para que todos los ciudadanos se enteren y tengan la capacidad de entender que se ha pactado en la mesa de negociación. Aparejado a esto, vendrá el compromiso de cada uno para trabajar cada día por una paz estable y duradera, por reconciliarnos nosotros mismos y con los demás, por olvidar odios y resentimientos que corroen nuestros corazones, para obliterar distinciones entre aquellos que han sido afligidos por el conflicto y aquellos que no, por dejar de estigmatizar a los guerrilleros y paramilitares que han empuñado un arma.

Una vez el espejo este completo y nos veamos en él, con todas nuestras vicisitudes, heridas, pensamientos y prejuicios, estaremos dispuestos a tomar una decisión de afrontar los avatares que implica pensar una sociedad de nuevo. Cuando llegue la hora de votar, al tachar el sí o el no, cada opción acarrea una responsabilidad y un compromiso como ciudadano, y lo más importante, una actitud frente a los tiempos venideros.

Sin muchos titubeos, es el momento de perdonar, de aceptar errores y conferir oportunidades, de callar los fusiles y hacer eco de nuestras ideas. Al votar por el sí, decidimos tomar una oportunidad que nos ofrece la historia a los colombianos para emprender una transformación social e institucional que deje atrás y para siempre un pasado trágico y doloroso de confrontación humana violenta y a la vez elimine las causas estructurales que originaron el conflicto armado y se corrijan sus nefastas consecuencias para así hacer irreversible y sostenido el proceso de reconciliación y transición hacia la paz.

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¡LA JUSTICIA EN VENTA!

¡LA JUSTICIA EN VENTA!

Hace poco realizamos en el Valle del Cauca el primer encuentro de los observatorios para la protección y prevención a la justicia en este departamento. La convocatoria tuvo gran acogida, funcionarios y empleados de diferentes especialidades, entre ellas restitución de tierras y la jurisdicción penal, acogieron nuestro llamado. Quizás este espacio funcione como catarsis para que los funcionarios de la rama judicial expongan sus problemáticas. Sin embargo, no es fácil enfrentarse a tantas complejidades que atraviesa la administración de justicia colombiana: la falta de personal, de instalaciones, de insumos y herramientas para desarrollar los procesos, entre otros.

Se podría suponer que un Estado de Derecho como el Colombiano la justicia es totalmente incólume e independiente, pero esto es solo una realidad que se divisa en el papel de la constitución. La justicia es un actor más de la multiplicidad de actores que se encuentran en el territorio –actores institucionales e ilegales-, especialmente en las regiones, en los municipios, en donde se entretejen relaciones entre ellos: la justicia recibe mensajes de cada uno de estos -para ser más explícitos- presiones que terminan generando una injerencia determinante en sus decisiones y soslayando la independencia judicial. En este sentido, la justicia no es ajena a la sinergia que generan estos actores en el territorio y al hacerla un jugador más dentro del campo, cobra un papel totalmente activo y preponderante, tanto por la importancia de sus decisiones como por su rol fundamental en la institucionalidad.

Para mi asombro, en este campo dialógico la justicia se encuentra permeada por los grupos de poder económico imperantes en la zona, es lamentable que un despacho por su falta de infraestructura y de insumos, tengan que aceptar apoyo logístico (construcción de salas de audiencias, computadores y modulares para oficinas) para lograr en los más mínimo con su labor de administrar justicia. En últimas, esto no es más ni menos, que un financiamiento económico por parte de grupos económicos en el Valle del Cauca.

¡La justicia está en venta! El único mensaje que envía este fenómeno de financiamiento económico a los despachos judiciales, es que los grupos de poder económico se blinden frente a futuras investigaciones, no es más que una dadiva que busca socorrer este déficit de recursos humanos y físicos, la cual no es a título gratuito, es una forma flagrante de incidir directamente sobre la administración de justicia: “cómo voy a juzgar a estas personas si proveen recursos para el funcionamiento del despacho”. Lo que termina por vedar totalmente la independencia judicial y cooptando la justicia local quedando totalmente maniatada para iniciar procesos en contra de estas personas o grupos. Y como dice el dicho: la necesidad tiene cara de perro. 

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Fortaleciendo la justicia para el posconflicto

Fortaleciendo la justicia para el posconflicto

En el escenario de un posconflicto muchas de las zonas rurales y semirurales (municipios)  donde imperaba la ley de actores al margen de la ley van a ser ocupadas por el Estado, lo que implica necesariamente un fortalecimiento institucional para abarcar estos espacios donde estaba completamente ausente. Lo que sugiere de inmediato un trabajo fuerte de ingeniera estatal para procurar llevar todas sus instituciones a estos municipios - y no solo instituciones - sino también cobertura en servicios básicos como salud, agua potable y educación. Ahora bien, un aspecto de vital importancia en el fortalecimiento institucional es la administración de justicia, un estudio de Mauricio García Villegas (2008) revela que la tercera parte de los jueces municipales del país se encuentran en zonas de conflicto armado, esto sugiere que muchos de ellos pueden estar proclives a ataques, hostigamientos o amenazas de bandas criminales que les impidan desempeñar su labor judicial.
 
Más allá de esto, muy seguramente en el posconflicto aumentará la demanda de justicia por parte de los ciudadanos en estas zonas rurales, que han vivido en un continuo régimen de intimidación y que por fin han decidido denunciar a sus victimarios antes los jueces. Esto implica que tanto el acceso a la justicia como su administración se deben fortalecer y allí es donde el estado debe jugar un papel preponderante. Respecto del acceso a la justicia, se debe ampliar la cobertura de despachos a lo largo y ancho de los municipios del país, en donde todos y cada uno de los habitantes de las regiones pueda tener acceso a la justicia, y si estos despachos se encuentran en zonas con población afrodescediente, palanquera o indígena se debe brindar la atención bajo el precepto de un  enfoque diferencial. Procurar eliminar todas esa trabas procesales que no le permite a la gente del común acercase al aparato de administración de justicia, tener formatos únicos para ciertos procesos que le permitan a los ciudadanos expresar sus pretensiones y tener en cada despacho funcionarios que le provean asesoría a las personas que pretenden interponer una demanda o denuncia; factores que probablemente puedan fomentar el acceso a la justicia.

En lo que atañe a la administración de justicia, los despachos deben contar con un equipo técnico y humano que permita cubrir con celeridad y eficacia las demandas de justicia.  Contar con instalaciones adecuadas, bien distribuidas y con un puesto de trabajo para cada funcionario del despacho, así como personal suficiente y calificado. También,  se deben suplir las  herramientas informáticas (hardware y software) necesarias  para procesar  todos los casos.  Y desde mi punto de vista lo más importante, la seguridad con la que deben contar estos funcionarios, brindarles un esquema de  seguridad suficiente de tal forma que puedan realizar sus investigaciones y juicios de una forma imparcial, sin temor y con toda la convicción que están administrando justicia bajo el imperio de la ley. Muy seguramente, de la seguridad dependerá que la independencia judicial no se vea socavada y la gran mayoría de los casos puedan llegar a una sentencia.

Entonces… ¿Cómo se logra ésto? El fortalecimiento de la justicia debe ir de abajo hacia arriba, respetando el enfoque local o regional que se le quiere dar a la implementación de los acuerdos. En donde se debe destinar una partida de gasto, ya sea del fondo para el posconflicto o de recursos nacionales, especialmente dirigida a fortalecer a los despachos judiciales en los municipios, dinero que canalizado con absoluta transparencia y eficacia, evaluando los resultados -que por demás deben ser positivos- al inyectar este dinero a la administración de justicia. Si se piensa un fortalecimiento institucional se debe empezar por el fortalecimiento de la justicia y su rol de gran importancia que sostendrá en el desarrollo de un posconflicto, ya que muy seguramente si el habitante de estas zonas observa que la justicia funciona y lo hace de manera rápida y efectiva, poco a poco irá retornando su confianza en el Estado. 

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Los colombianos: ¡A vivir en paz!

Los colombianos: ¡A vivir en paz!

El conflicto armado colombiano ha sido una lucha de larga duración, y bastante complejo gracias a los múltiples actores y relaciones que convergen en él. Esto hace que tanto las generaciones de comienzos y mediados de siglo pasado como las de comienzo de este siglo no comprendamos qué es vivir en paz. Y aunque creemos vivir en un estado de aparente calma y paz, el país se encuentra convulsionado por una guerra que ha dejado millones de víctimas y otro tanto de ciudadanos desplazados, en donde las zonas rurales se han transformado en un campo de enfrentamiento entre los diversos agentes de este conflicto.

Sin embargo, nos encontramos en un momento de la historia donde es posible revertir esta situación, quizás este proceso de construcción de paz nos lleve más de diez o veinte años, pero es la oportunidad para que nuestras generaciones futuras pueden sentir, vivir y disfrutar una sociedad en paz. Entonces... ¿Qué es vivir en paz?, entiendo la paz desde un enfoque positivo como el proceso de realización de la justicia en los diferentes niveles de la relación humana. Es un concepto dinámico que nos lleva a aflorar, afrontar y resolver los conflictos de forma no violenta, y cuyo fin es conseguir la armonía de la persona consigo misma, con la naturaleza y con las demás personas; en donde debemos implementar una cultura por la paz que se concentre en el yo pasando por el grupo, la comunidad hasta el entorno, incidiendo favorablemente en cada uno de estas esferas en la que podemos interactuar. Así, que esta cultura por la paz evidentemente debe empezar desde nosotros y poco a poco irradiarse hacia afuera, con nuestra familia, con nuestro grupo de trabajo, con nuestros compañeros y con la sociedad en general.

Este es el chance que tenemos de vivir en una sociedad en paz, de experimentar un valor y una cultura de la cual hemos carecido desde hace bastante tiempo. Es más, cabría la pregunta si Colombia en algún momento de su historia ha tenido tan siquiera un lapso de paz en donde se procuren resolver los conflictos de manera pacífica y no violenta. Hecho que hace aún más atractivo este cambio, ya que nos adentraremos en un panorama, en un paisaje que jamás hemos explorado: observar la sociedad colombiana desde la lupa de la paz, de una sociedad sin conflicto, respetando las diferencias y modificando condiciones estructurales que permitan una mejor convivencia.

Pero esta oportunidad, y quizás la última que tengamos, requiere del compromiso de cada uno de nosotros, niños, niñas, adolescentes, jóvenes y adultos seamos participes de esta construcción, a lo mejor ya no sea para nuestro goce y disfrute actual sino para que nuestros hijos y su generación venidera puedan decir: ¡sabemos qué es vivir en paz!.

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