Los animales también aprenden a extrañar
Después de escuchar durante varios días a las familias de Douglas, Yair y Willy terminé con una pregunta en mi cabeza: ¿Los animales también aprenden a extrañar? No sé si sea cierto. Lo que sí sé, es que Luna siguió esperando la moto de Yair cuando él ya no volvió a casa, Pirry insistía en acostarse sobre el lugar donde descansa Douglas y Greco y Chiqui nunca dejaron solo a Willy.
Mientras una persona tiene alrededor de seis millones de receptores olfativos, un perro puede tener más de doscientos millones. Gracias a esto, son capaces de encontrar explosivos, seguir rastros y localizar personas desaparecidas. Estas habilidades les han permitido convertirse, en Colombia, en funcionarios especializados del Cuerpo Técnico de Investigación de la Fiscalía General de la Nación(CTI), donde desempeñan un papel fundamental en las investigaciones.
Detrás de cada operativo existe una historia que pocas veces se cuenta: la del vínculo que nace entre un agente del CTI y su perro, un lazo que comienza como una responsabilidad de trabajo y termina convirtiéndose en un relación familiar. Esta es una historia sobre ese vínculo. Pero, sobre todo, es una historia sobre lo que ocurrió cuando Douglas, Yair y Willy no pudieron volver a casa y fueron los animales quienes permanecieron allí, acompañando a quienes aprendieron a vivir con su ausencia.
Cuando Yair llegó por primera vez a casa con Luna, su mamá, Margot Galindres, no estaba muy convencida, pues nunca le habían gustado los perros. Aunque él prometió hacerse cargo de todo: bañarla, recogerle las necesidades y alimentarla, esta promesa duró poco. Sin darse cuenta, fue la señora Margot quien terminó haciéndolo. Pero el cariño por los animales no empezó con Luna. Mucho antes estuvo Lorenzo, un loro que llegó del Putumayo y que se sentaba junto al plato cada vez que Yair iba a visitar a su mamá. La señora Margot todavía sonríe cuando recuerda el día en que se escapó y toda la familia salió a buscarlo hasta encontrarlo de nuevo.
Cuando Yair ya no volvió a casa, Lunita seguía saliendo cada vez que escuchaba una moto, esperando el mismo sonido de siempre. Buscaba a la misma persona, algunas veces se acostaba sobre la motocicleta de Yair como si todavía conservara su olor. La señora Margot comenzó entonces a subirla a la cama, a consentirla un poco más y a cuidarla como sabía que su hijo lo habría hecho. Algunas noches, mientras Luna dormía a su lado, le parecía que las dos seguían esperando el mismo consuelo.
Luna falleció el 13 de diciembre de 2025, mientras la señora Margot se encontraba en Cali. No pudo despedirse de ella. A veces piensa que Luna resistió todo lo que pudo después de la partida de Yair, y que cuando ya no tuvo fuerzas para seguir esperándolo, simplemente se fue. Hoy le gusta creer que, de alguna manera, volvieron a encontrarse en el cielo.
Douglas le había hecho a Pirry un pequeño clóset para guardar los zapatos con los que protegía sus patas del frío. También le había construido una casa especialmente para él. Antes de salir a trabajar a las seis de la mañana, Douglas lo llevaba a caminar, respetaba sus horarios y se aseguraba de que no le faltara nada. Lo que empezó como una relación laboral terminó convirtiéndose en un vínculo familiar.
La señora Melba, su mamá, recuerda que cuando Pirry enfermó de displasia en la cadera, Douglas lo cargaba por las escaleras como quien carga a un niño. Y cuando llegó el momento de su jubilación, no dudó en llevárselo a casa. No todo era disciplina y entrenamiento. Pirry también tenía sus miedos.
Martha, su esposa, recuerda que una vez Douglas decoró la habitación con bombas para celebrar su cumpleaños, bastó con que una explotara para que el perro desapareciera. Lo buscaron por toda la casa y hasta pensaron que se había escapado. Solo horas después alguien decidió mirar debajo de la cama. Allí estaba, completamente inmóvil, esperando que Douglas lo rescatara .
Curiosamente, el único animal al que Douglas parecía temerle eran los ratones. Martha todavía se ríe cuando recuerda una temporada en la que estaba convencido de que un ratón rondaba la casa donde vivía en la Unión, Valle del Cauca. Revisaba cada rincón antes de acostarse y cualquier ruido bastaba para ponerlo en alerta. Intentaron solucionar el problema llevando un gato, pero el plan no resultó, en las noches el gato terminaba acostándose junto a Douglas y los dos permanecían inmóviles, atentos a cualquier sonido. El ratón no apareció y el misterio nunca llegó a resolverse.
Ese amor por los animales no apareció de la nada. En la casa de la señora Melba siempre hubo perros, gatos, loros, peces y cualquier otro animal que necesitará un hogar. Ella dice que nunca entendió la diferencia entre una mascota y un miembro de la familia. Por eso todavía habla de Pelusa, de Milo, de Micaela y de tantos otros con la misma ternura con la que recuerda a su hijo.
Cuando Douglas ya no volvió a casa, Pirry permaneció seis meses más junto a la familia. En una ocasión lo llevaron al lugar donde hoy descansa su dueño y su antiguo compañero de trabajo, el perro no hacía más que acostarse sobre la tierra. Como si todavía pudiera sentirlo. Como si su olor permaneciera allí.
La noche en que Pirry falleció, la señora Melba recuerda haber escuchado un alarido muy fuerte. Desde entonces, todos los domingos visita a Douglas, acompañada por alguno de sus perros.
Después de Pirry llegaron otros animales, no para reemplazar a nadie, eso sería imposible. Llegaron para acompañar los silencios. Nena María apareció en la vida de Martha y Juan Manuel, cuando él apenas tenía seis años. Desde entonces se convirtió en su compañera inseparable. A veces Martha siente que Douglas sigue apareciendo de formas muy extrañas. En la manera en que Juan Manuel se acerca a cualquier animal sin miedo. En Micaela, la perra que un día su hijo llevó a la casa de la señora Melba, su abuela, para que no estuviera sola. En los álbumes llenos de fotografías donde siempre hay un perro acompañando a Juan Manuel.
Los animales también hicieron parte de la historia de la familia Montenegro Martínez mucho antes de que llegara Greco. Primero estuvo Chiqui, una mezcla de labrador y chow chow que una novia de Willy llevó desde Mitú cuando apenas era una cachorra. Con el tiempo se convirtió en un miembro muy importante de la familia. Cuando los perros comenzaban a ladrar en la casa de doña Blanca, todos sabían que Willy estaba por llegar.
La partida de Chiqui lo golpeó profundamente. Durante semanas evitó volver a la casa de su mamá porque cada rincón le recordaba su ausencia. La cuidaba con tanta dedicación que incluso llegó a darle emulsión de Scott, vitaminas y leche de fórmula cuando pensaba que la podía necesitar.
Tiempo después llegó Greco, un labrador chocolate que un amigo le regaló a Willy durante los carnavales. Desde entonces fueron inseparables. Cuando llegaba tarde, después de haberse tomado algunos tragos, el perro lo esperaba en la puerta, le tomaba suavemente la mano y lo guiaba hasta la cama. Solo cuando comprobaba que ya estaba acostado descansaba a su lado. Después del baño también se acercaba a secarle las piernas, como si esa fuera su manera de devolverle tantos cuidados.
Quienes lo conocieron coinciden en que podía faltar cualquier cosa, menos el alimento para sus animales. Además de Greco y Chiqui, Willy también tuvo conejos, a los que subía a la cama pese a las quejas de doña Blanca, su mamá.
Hoy, en la casa de doña Blanca ya no hay perros. Ella dice que prefiere quedarse con los recuerdos de los que alguna vez la acompañaron. Sin embargo, el cariño por los animales sigue vivo en la familia. Matías Ordoñez, sobrino de Willy, está a punto de cumplir nueve años y uno de sus mayores deseos es tener un perro. Es fácil imaginar que, si se cumple ese deseo, Willy habría sido el primero en enseñarle cómo cuidarlo y quererlo.
No todos los animales de esta historia son perros. Copito llegó a la vida de Yeimy, esposa de Willy y Ángela y Sara Montenegro, sus hijas, cuando ninguna de las tres imaginaba que un gato terminaría convirtiéndose en su refugio. Duerme con ellas, las despierta cada mañana para ir al colegio. Busca a quien está triste y permanece cerca cuando siente que algo no anda bien.
Durante un proceso terapéutico, Yeimy decidió coser un peluche igual a Copito. Mientras habla de Willy sostiene ese pequeño gato de tela entre las manos. Lo abraza. Lo aprieta. Como si en ese gesto, hubiera encontrado una manera distinta de abrazar también los recuerdos.
Sara sueña con crear una fundación para rescatar animales cuando sea grande. Juan Manuel tampoco puede pasar junto a un perro abandonado sin detenerse. Quizás el amor por los animales también se hereda. Así como se heredan los gestos y algunas formas de cuidar. Sara heredó de Willy esa sensibilidad por los animales. Juan Manuel heredó de Douglas y de su abuela Melba la costumbre de abrirles un espacio en su vida. Y Margot, casi sin darse cuenta, siguió cuidando a Luna como sabía que Yair lo habría hecho.
El lunes, cuando ya regresábamos a Bogotá, desperté con el sonido de unas patas caminando por el pasillo del hotel. Durante unos segundos pensé que era una impresión mía. Después de tres días escuchando historias sobre Luna, Pirry, Greco, Chiqui, Nena María y Copito, era fácil creer que mi cabeza seguía buscándolos. Más tarde, durante el desayuno, le pregunté a Mabel, la administradora del hotel, si de verdad había un perro allí. Sonrió y me contó que, los lunes festivos, como no tenía con quién dejarlo, llevaba a Maximiliano con ella al trabajo. Era un labrador chocolate enorme. Mientras lo acariciaba, pensé que quizás por eso había sido tan fácil entender a estas familias. Porque, al final, todas hablaban de lo mismo. Del amor. Del cuidado. De esa extraña manera en la que los animales encuentran la forma de quedarse, incluso cuando las personas ya no están.
Dicen que los perros del CTI son entrenados para encontrar personas. Pero hay búsquedas que ningún entrenamiento enseña. ¿Cómo se sigue buscando a alguien que ya no está? Tal vez no se trata de buscar. Tal vez se trata de aprender a vivir con su ausencia. Y, en ese aprendizaje, siempre aparece un hocico húmedo, unas patas recorriendo la casa, un maullido en la madrugada o un lugar tibio al lado de la cama.
Dicen que los perros nunca olvidan un olor. Después de escuchar estas historias, a mí me gustaría pensar que tampoco olvidan el amor.
Para Melba Medina, Margot Galindres, Blanca Martínez, Mónica Montenegro, Marco Montenegro, Yeimy Ojeda, Ángela y Sara Montenegro, Martha Pantoja y Juan Manuel Guerrero. Gracias por recordarme que algunas historias no terminan con la ausencia y que el amor siempre encuentra otras formas de permanecer